miércoles, 26 de noviembre de 2008

Un relato de mi amiga Silvia: PARA...

Hola a todos los seguidores del blog. En esta entrada daremos la bienvenida a Silvia. Para que la conozcáis un poco mejor aquí os dejo una foto suya y su presentación.

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Silvia Mel Ferrer
Entre sus aficiones se encuentra la música, el teatro, cantar, cine ante todo, la moda, escribir de vez en cuando y la fotografía, casi todo relacionado con el mundo del arte.

 Imagen 133

 

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AQUÍ ESTÁ EL RELATO EN PDF PARA QUE SEA MÁS FÁCIL LEERLO.

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Para…

Soñaba con poderle contar todo aquello que se me pasaba por la cabeza, pero algo me decía que no era buena idea.

Era por el año 1960, si lo recuerdo como si fuera ayer, todos los días ella iba a ver a Parrish jugar al béisbol, el típico chico de ojos claros, rubio, alto y una figura a la cual todos envidiaban.

Jugaba desde pequeño y había ido adquiriendo cierta fama entre todos y todas, por los pasillos entre clase y clase no había nadie que no hablara de él, excepto ella. Tímida, no se atrevía a dar un paso sin que él lo hubiera dado antes, lo miraba por el rabillo del ojo dulcemente, mientras él se miraba los músculos con descaro en el espejo que habían instalado recientemente en la entrada del instituto.

Coincidían en clase de álgebra con la señorita Claire, nariz puntiaguda, ojos afilados, pelo rubio y rizado, muy delgada y con cierto olor a tabaco. Fumaba mucho por culpa del estrés que le hacíamos sufrir y después lo pagábamos en clase porque nadie se atrevía a llamarla para preguntarle por el dichoso tufo que desprendía su rebeca y se entretenía en ponernos como cien problemas en una hora.

Pues aún teniendo en que pensar, ella sólo se fijaba en los frunces de la frente de Parrish al intentar resolver un problema o en cómo se tocaba el pelo una y otra vez a causa del nerviosismo que le producía no saber responder a los problemas con cierta solvencia. La señorita Claire le llamaba la atención a menudo pero ella seguía admirándolo una y otra vez.

Toda su vida rondaba en el sentido de las agujas del reloj cuando marcaban las cinco, se despedía de la profesora de francés y salía por la puerta de clase como si se la llevaran los demonios. Sí, he aquí otra vez Parrish que, curiosamente, jugaba al béisbol a una manzana de la casa de ella, por cierto ella se llamaba Emma.

 tulipan retocado

Ella debía correr porque el entrenamiento empezaba a las cinco y cuarto, y si se entretenía lo más mínimo ya no le daba tiempo a ver como Parrish se atusaba el pelo mientras corría, o como le guiñaba el ojo cuando llegaba a la parte de la grada donde ella se situaba.

Lo veo todo tan claro, aun con la respiración acelerada y los mofletes sonrojados a causa de la carrera, estaba guapa. Nada más llegar se colocaba en el punto estratégico marcado durante meses, se aguantaba la falda hasta encontrar el sitio adecuado, se abanicaba con el cuadernillo de francés y se colocaba bien la gomilla del pelo. Todo debía estar a punto a la hora acordada, todo debía estar perfecto.

A las seis y media todo acababa, su sueño se desvanecía hasta el día siguiente a las cinco y cuarto, así que volvía a cogerse la falda para bajar de la grada y a correr otra vez, ahora era por que a las siete menos cuarto le tocaba clase de piano. Toda una virtuosa, corría hasta la calle Miracle, donde el Sr. Amien la esperaba con una puntualidad inglesa tomando un té de canela y cereza. Mirada penetrante, ojos oscuros, pelo canoso y bastante alto.

Desde la ventana de la casa del Sr. Amien se la ve tocar melodías desbocadas de virtuosismo y belleza. Bethoveen se rendiría a sus pies si la viera en estos momentos apasionada, endiosada, altiva y hermosamente melódica. Sus ojos desprendían un brillo resplandeciente, sus mejillas se volvían a encender de la emoción, parecía no existir nadie más en esos momentos en aquel pequeño salón inglés.

Vaya, las ocho menos cuarto y todo acaba, se apaga la melodía, el Sr. Amien se despide de Emma con gran entusiasmo por los progresos logrados en la semana, la acompaña hasta la puerta y le da la nueva partitura a estudiar. A ella se le hacen dos muecas en la cara al sonreír y finalmente se despide del Sr. Amien agitando la nueva partitura.

Ahora tranquilidad, todo está en calma, el día casi acabó y llegó la hora de irse a casa. Justo cuando llega, su hermano Brian está en el jardín jugando con el perro, ella se entusiasma al ver la diversión que eso entraña y se dispone a jugar con ellos dos. Se quita los zapatos, le gusta sentir el tacto del césped en sus pies, la frescura de la brisa, una brisa leve que acaricia su pelo de vez en cuando. Le tira una pequeña pelota de color amarillo a Bor, mientras ella no para de correr de un lado hacia otro del jardín, agitando su coleta, haciendo balancear la falda, riendo, hasta que escucha la voz de Cath, su madre, ojos grandes, delgada, nariz chata y una gran tendencia a exagerarlo todo.

Es la hora de cenar, entonces ella mira hacia la ventana del pasillo de su casa que es la única que da al jardín, sonríe a Cath, recoge la pelota y le pasa un brazo por encima a Brian, llevándoselo con ella hacia el interior de la casa.

A las seis de la mañana se levanta para desayunar e ir a buscar de camino al instituto a su amiga Elsa, morena, de ojos aceitunados y bajita. Van hablando sobre el entrenamiento de Parrish del día anterior, Elsa no se pierde nunca detalle y le pide, como cada día, que le describa con pelos y señales cada paso.

Cuando llegan al instituto se reúnen con las demás chicas, que le comentan lo de la fiesta del viernes. Es una fiesta que celebrábamos para el inicio del verano, ¡uf! Dichosa fiesta, todo el mundo en el instituto esta agitado por la noticia pero ella, con toda naturalidad, no le da apenas importancia  a la noticia, pues ya tiene el traje desde hace semanas; lo compró en Clarens and Clark. Si me acuerdo de ese día, ella estaba emocionada ya que después de ir a ver a Parrish, iba a comprárselo. Iba con su madre y allí en un escaparate de la calle Terrier estaba el traje perfecto, era malva, le salían destellos de todas partes, tenía unas tirantas finísimas que a ella le encantaron y el color era perfecto.

No tuvo más que entrar a la tienda y probárselo para darse cuenta de que ése era su vestido, estaba preciosa y al probárselo se hizo un semi recogido para vérselo mejor. No sé, pero en ese momento, se me cortó la respiración, estaba espectacular, brillante, hermosa, elegante; igual que cuando tocaba el piano.

Vuelven a estar en los pasillos del instituto cuando todo el mundo susurra o le dice al compañero, que tiene al lado, quien les acompañará en la fiesta o con quien quieren ir. Ella calla, solo quiere que le ocurra algo espectacular, que salga todo perfecto y tal como ella lo había planeado. Pero de momento, va con las chicas, aunque espera que algo fantástico le suceda.

Está emocionada, casi en una nube. El momento, que había estado esperando durante meses, estaba a sólo unas horas de sus manos. Todo el mundo rumoreaba que ese año Parrish iría con una persona normal, ya sabéis una chica no popular, morena y con unos ojos espectaculares que llenarían por completo la fiesta y dejaría en un segundo plano a las guirnaldas y adornos de la fiesta.

Aquel día en el instituto se le hizo eterno, en su cara se podía notar la desesperación por que tocara el timbre de la clase de álgebra y la señorita Claire dejara de poner absurdos problemas en la pizarra. Al fin, las cinco, pero esa tarde no significaba lo mismo ya que todo el mundo estaba pendiente de la fiesta, y de Parrish, que avisaría a la persona con la que iría justo media hora antes de que la fiesta comenzara. Era una forma de torturar a las chicas y otra forma de demostrar que él llevaba el poder más allá de la pista de béisbol.

Por cierto, la fiesta se celebraría en casa de los Maquenzi, un apellido un poco raro pero existente. ¡Ah los Maquenzi!, haría apenas dos años que habían adquirido en el pueblo la gran casa de campo, por herencia del abuelo de Aria, sí Aria, la hija de los Maquenzi. ¡Dios! Cómo me gusta repetir el apellido ¡es genial¡

Aria, la nueva pija, cuando le daban los ataques de mujer recién salida de arar en el campo sudorosa y quejica, no había quien la aguantara; y cuando se ponía en posición de chica pija, tampoco se le podía aguantar; pero claro, tenía una gran casa la cual la hacía la más popular de la zona y un físico espectacular de diosa del Olimpo. Nadie la aguantaba pero todo el mundo era participe de sus sonadas fiestas. A veces se llegó a comentar que en algunas de éstas había hombres mayores, universitarios que se quedaban hasta altas horas de la madrugada en su habitación y aprovechaban para salir cuando los padres bajaban a dar el visto bueno a la preparación del desayuno. En fin, toda una bala perdida para nuestra sociedad, una bajeza que jamás aceptarían los padres de nadie.

Mi teoría sobre Aria: los padres eran tan estrictos que la dejaban realizar fiestas sólo si al día siguiente era capaz de levantarse a las cinco de la mañana y estar, al menos, hasta la hora de irse al instituto repasando sus deberes con sus diferentes profesores particulares. He aquí la teoría de la salida de hombres mayores y no a tan temprana hora de la mañana. Nadie los veía entrar porque entraban por la puerta de atrás y casi siempre venían andando, por lo que nunca dejaban los coches en el porche, con lo cual las vecinas solo veían las grandes fiestas que montaba, y al día siguiente verían a los padres de Aria desayunar tranquilamente por lo que ni siquiera le hacían caso a las salidas de los profesores.

Pero ella, este día, lo preparaba con especial atención, colgaba ella misma las guirnaldas, preparaba ponche, hacia los canapés y luego decía que había alquilado el catering.

Volvamos al momento nervioso de Emma. A las cinco fue directamente a la mercería Timble, era una pequeña mercería que llevaba años cerca de su casa, la dueña la conocía desde que era pequeña cuando su madre iba a comprar las telas con las que le hacía aquellos vestiditos de cuadros tan bonitos que llevaba en la guardería, desde entonces era guapa.

Fue a por un lazo de color malva que le hacía juego con el vestido, se lo colocaría en el pelo de manera que le hiciese un recogido perfecto que dejara ver su hermosa espalda y una flor para darle más vida a aquel vestido. Después salió dando casi saltos al haber encontrado justo lo que ella buscaba, y llegó a su casa para prepararse pues la fiesta comenzaría a las siete y todavía tenía una esperanza.

Seis y media, lista, nerviosa miraba por la ventana de su habitación, el sol todavía la iluminaba y podía verla, miraba constantemente hacia la calle, su vestido hacia destellos color malva, su pelo recogido con aquel lazo dejaba ver su cara, preciosa, deslumbrante y un pequeño fular acariciaba con suavidad sus hombros, sus pendientes de brillantes, su flor, todo para mí era un fiesta del buen gusto.

De pronto lo inesperado sucede, dios mío ¡Parrish no!, se adentraba en la calle, profundizando, atenuando su paso cada vez más hacia la puerta de la casa de Emma, ella por supuesto confundida pero alegre, una vez más su cara se encendía tocando una melodía en do mayor dentro de su cabeza.

El vaho en la ventana se hacía cada vez más visible, respiraba con una frecuencia acelerada y al fin, él toca el timbre.

¡No!, si pasara esto la estropearía, dejaría en desequilibrio la belleza que desprendía por cada poro de su cuerpo, mataría el color de la flor que llevaba en el vestido y entonces los destellos se convertirían en meras guirnaldas de fiesta. Él no se merecía admirarla, tenerla al lado, susurrarle al oído, soltar su aliento debajo de su cuello hasta que el éxtasis de su mirada rompiera en un brillo cegador, no, no se lo merecía.

Él era un despampanante frío, ella una luciérnaga en medio de una noche de verano; él era superficial, ella profundizaba en aquellas melódicas sinfonías de Bethoveen; él se miraba el físico en un espejo, ella miraba la profundidad de su mirada; él soñaba con fama, ella con él.

Me dolía profundamente en el alma, todo se apoderaba de mí, hasta un calor sofocante por la impotencia de mi persona, él no sabía nada de ella. No sabía que, por las tardes cuando salía del instituto y llegaba a su casa, al llegar al césped se quitaba los zapatos porque le gustaba sentir la sensación del frescor en sus pies, no sabía que se ponía a jugar con su perro y con su hermano minutos antes de que su madre la llamara para cenar. Él no sabía que prefería muchas veces comer un helado de fresa y vainilla con sus amigas en Buquees antes que un trozo de tarta, él no sabía que cuando llegaba por las mañanas al instituto y se paraba en las taquillas hasta esperar que llegara desprendía un dulce olor a lavanda que llenaba cada rincón de aquel horrible pasillo, que a veces cuando tocaba el piano era capaz de meterse tanto en la melodía que se le encendían las mejillas, que cuando estaba en clase de la señorita Claires y lo miraba no podía dejar de agitar el lápiz de un sitio a otro sin parar debido al nerviosismo que le producía el tenerlo cerca: que su flor favorita era el tulipán, su color el rojo y su comida favorita la pizza; que la sonrojaban cuando resaltaban algo de su físico, que su corazón era tan grande que tenía sitio para todos y para todo.

Parrish no se merecía tocar el timbre de su casa, pero lo hizo y eso lo cambió todo. Ella salió acelerada, abrió la puerta con la timidez que la caracterizaba, sus padres la miraron con cariño, con aquel cariño paternal que le hizo sentirse más segura. Cogió su bolso y la mano de Parrish y la puerta se cerró. Podía escuchar los pasos de sus tacones, despacio se alejaban de allí, despacio, ya nada podría hacerla más feliz porque su mano rozaban los dedos de él, nada ni una palabra, sólo silencio, un silencio amable y nada incómodo.

Durante el camino de ida hacia la fiesta, que estaba a tres manzanas de su casa, y para romper el hielo, él en un alarde de simpatía, empezó a hacerle chistes sobre la clase de personas que estarían en la fiesta y sobre las tonterías que se decían cuando uno estaba borracho, ¡Dios!, ¿cómo sus dulces oídos podían escuchar semejantes tonterías, cómo podía arriesgarse hacia la nada y conformarse sólo tener cerca a una persona tan…?

Ella no podía dejar de mirarle, era un sueño que nunca se hubiera imaginado, ¿qué dirían sus amigas cuando la vieran del brazo del Dios Parrish?, ¿qué diría Aria ante tal aberración al ver que no va con ella?

Al fin en la fiesta, ¡la dichosa fiesta!, cuando entró por aquella puerta yo sabía que sería mi perdición, mi desengaño, mi dolor próximo. Todo transcurría con normalidad, todos bailaban y se divertían, todos bebían, hablaban, unos se besaban y otros lo intentaban, ella en el baño hablando con sus amigas, las que aún no podían creerse lo ocurrido…

Llega el momento que todos esperaban y que otros odiarían desde ese día, Parrish y Emma ejecutan el último baile de la noche, el colofón final; el espectáculo acaba de comenzar para ella.

Se miran, ella titubea, no puede articular palabra, ni siquiera le importa ser por ahora la más admirada de la fiesta, ni lo que conllevará después porque las piernas le tiemblan demasiado y debe concentrarse en ello para no fallar en ningún paso. El centro del enorme salón se llena de su presencia y un agradable olor a lavanda. Lo que hubiera dado por estar en el centro del mundo con ella, todo, lo habría dado todo, hasta mi vida.

La música es preciosa, es preciosa porque desprende la esencia de ella, que sin darse cuenta, le dejan de temblar las piernas, imaginando que en esa sala están solos, como dos amantes furtivos en medio de un baile de máscaras. No pude aguantar y la tristeza se adueñaba cada vez más de mi, ahora ni siquiera podía odiarlo porque ella lo amaba, ahora tan siquiera podía tenerle rencor porque ella se perdía en su mirada, ahora no me dejaba aferrarme a la idea de que no era él quien debía estar con ella en ese momento, porque ella lo había elegido así.

Tan solo me quedaba mirarla como había hecho hasta ahora, en silencio, desde algún rincón, como un punto muerto en su vida, oscuro, hasta donde no llega su visión.

Cinco minutos después de empezar su fantasía, termina mi sueño. Cuánto injusto era esto, cuánto dolía, cuánto empañaba mis ojos, cuánto oscurecía mi alma. <<Ya terminó>> me decía a mí mismo, aquí en este lugar tan frío, en este preciso momento en el que mi corazón se paraba y sólo estaba yo para consolarlo; menudo consuelo. Lo único que pude hacer es seguir mirando cada resquicio de aquel centro en el que se encontraba y, cuando ya consideré que había mirado lo suficiente, me di la vuelta, me choqué con el hombro de Parrish --me pareció mantequilla—y me tiraron sin querer un vaso de ponche en el traje que me había comprado hacia unas horas. Yo también era en esos momentos una mancha, qué más me daba, qué más me daba si no podía ya soñarla, si no podía tenerla en ese baile, mirándola, teniendo el privilegio de mantener la mirada con ella durante unos segundos, oliendo su pelo, rozando mi mejilla levemente por la suya.

Ahora, es hora de nada, comencé a moverme con el ritmo de la música y a beber ponche, hablé con mucha gente en la fiesta, ya no la miré más, no quería estar dentro de ella, no quería recordarla, así que la locura se apoderó de mi ser y por una vez en mucho tiempo me divertí, me quité la chaqueta y la música era lo único que me podía calmar así que la escuché, la escuché tanto que ahora solo podía centrarme en ella.

Llega el final de mi divertida fiesta, las doce, toque de queda para todos, yo había ido en coche así que me dispuse a salir de la casa, ya no había casi nadie, todo el mundo estaba en el porche arrancando los motores de sus coches, continuando con sus vidas, simplemente marchándose.

Cuánta poesía había en todo esto, cuánto desamor, cuánta melodía, cuánta belleza, cuánto de mí había dejado en el salón de aquella casa, ¡Cuánto!

Sólo me dio tiempo a tropezarme por última vez con la única persona que no habría esperado jamás, ya la había dejado atrás cuando el perdón invade su boca y yo solamente puedo decirle adiós. Me tropecé con ella al salir de la fiesta y… ¡solo pude decirle adiós!, qué vacío, qué muerto, y ella solo giró su cabeza hacia Parrish cogiéndole la mano para, a continuación, meterse en un coche.

camino largo retocado

Recuerdo que arranqué el coche, sin ánimo de continuar nada, sólo de irme como habían hecho los demás, irme. A medio camino tuvimos que coger un desvío ya que habían cortado la carretera de manera que todos los que estábamos en la fiesta tuvimos que coger por el camino del bosque: una larga carretera hasta el pueblo rodeada en ambos lados por cipreses. Recuerdo que abrí la ventanilla para oler a madera húmeda, no veía casi nada por la niebla, veía coches haciendo el loco a causa de la bebida, y cuando continuaba mi camino vislumbré un coche a un lado de aquel barranco, había dado una vuelta, estaba completamente al revés.

Estaba confundido y aturdido. Recuerdo que salí del coche y me sitúe en el borde del barranco, el coche estaba totalmente girado de forma que prácticamente no podía ver ni la matrícula, ahí empezaron a temblarme las piernas. No hacía más que gritar a los ocupantes del coche, pero nada, nadie me contestaba; así que decidí bajar.

Fue rápido, bajé sin pensarlo más, me tiré al suelo, todavía recuerdo el frío tacto del musgo cuando apoye mi cara en el suelo en el intento de ver cuántas personas había en el coche y si estaban bien. Mi corazón palpitaba deprisa y casi no podía ver bien. En el asiento de atrás alguien decía algo muy bajito, cuando giré la cabeza, cuando la giré, fui hielo. Era ella, su lazo caía en la parte trasera tocando el techo del coche que estaba al revés, la sangre cubría sus ojos, tenía una brecha enorme que no paraba de sangrar en su cabeza, con las manos temblorosas logré cogerla y sacarla de aquel coche infernal.

En ese momento no me preocupaba nadie más, ella estaba en peligro y por primera vez veía mi cara. En ese instante hubiese querido verla de la mano de Parrish incluso entrando en una iglesia para casarse, hubiese querido verla en una casa, en una de las mejores calles residenciales, esas que tienen las casas en línea, rodeada de césped y jugando con sus hijos, hubiese querido verla colocando flores en distintos sitios de su casa mientras Parrish leía el periódico, hubiese querido verla despedirse de él dándole un leve beso en los labios, hasta eso, antes que verla tendida en el suelo cubierta de sangre, fría, inmóvil.

Cuando conseguí tenerla entre mis brazos ella estaba casi inerte, no hacía más que decir que le dolía la cabeza, vi su gravedad, vi la gravedad del asunto y comprendí que no le quedaba mucho tiempo. Por su boca salían palabras sin sentido, tampoco dejaba de decir que tenía frío así que la cubrí con aquella asquerosa y nueva chaqueta manchada de ponche, acaricié su pelo una y otra vez, la apreté contra mi pecho para que sintiera mi presencia, quería que se quedara, lo quería con todas mis fuerzas, la miré a los ojos pero ella los cerraba cada vez con más frecuencia y durante más tiempo, su herida era mortal, el peso del coche había aplastado el sitio de atrás, clavándose un trozo de cristal de la ventanilla en la cabeza, un trozo bastante grande. Se rompió un trozo al tratar de sacarla, pero el otro permanecía en su cabeza haciendo que sangrara de una manera casi animal.

Me sujetó la mano con la poca fuerza que le quedaba, me sujetó, quería odiarla, de hecho la odiaba, ¿por qué? Solo podía preguntarme porque había sido ahí la primera vez de nuestro encuentro, porqué nunca me atreví a llamar a su timbre, porqué nunca tuve el suficiente tiempo como para amarla y porqué ahora siendo feliz se iba. Unos segundos después ella moría para el mundo, dejó de sujetarme la mano, estaba helada, casi tanto como su acompañante a diario, la miré por última vez porque mis ojos tuvieron que cerrarse ante tal injusticia. Lloré, lo hice hasta casi morir con ella, grité, lo hice para que ella me escuchara desde donde estuviera y supiera que estaba enfadado con ella y con el mundo.

Su alma se fue, aún me cuesta creer que esa noche fuera su mejor noche, aún me cuesta creer que no pudiera decirle que me moría por tenerla entre mis brazos, que me hubiera gustado hablar con ella una noche y no dejarlo hasta el amanecer, que me hubiera gustado invitarla a una pizza o haberle regalado un ramo de flores. Me costaba aceptar que nunca la vería en la parte trasera de su casa jugar con su hermano y su perro descalza, que nunca más los pasillos del instituto olerían a ella y que sería todo más horrible aún, que las cinco ya no significaría nada para ella ni para mí y que me hubiera gustado ir de su mano hasta Buqueers y comprarle un helado de vainilla y fresas, que me hubiese gustado besarla en el parque de la calle Wells mientras llevaba su jersey rojo de punto que le había hecho su madre.

Manchado de su sangre aún caliente, manchado de vida por ella, rodeado de muerte, tuve que sacar fuerzas para ayudar a los demás y pedir ayuda. Parrish sobrevivió, solo se hizo unas magulladuras y se quedó inconsciente durante un rato. El que iba conduciendo corrió peor suerte, pues el cristal delantero estalló cuando salió despedido contra uno de los cipreses que había en el bosque. La ayuda tardó poco en llegar, traté de tranquilizar a Parrish que se encontraba en estado de shock, mientras miraba de reojo la figura inerte de Emma, mi querida Emma.

Días después en su entierro, me acerqué a sus padres, no podían dejar de agradecerme la ayuda prestada. Cath estaba destrozada, sus ojos ensangrentados hacían resaltar los días más amargos de su vida. Su padre solamente miraba al vacío, su niña, la joven a la cual daba consejos y llevaba al instituto cada día, la niña de su vida, su dulce y melódica niña ya no hablaría más con él, ya no la vería correr escaleras abajo cada vez que volvía de viaje, emocionada al ver que su padre al fin había llegado. Su hermano Brian, no era capaz de articular palabra, no lo entendía muy bien pero se sentía afectado al ver a sus padres en esas condiciones.

Estaba allí todo el mundo, todos y cada uno de los que habían formado parte en su vida. Parrish, con un brazo escayolado a causa del impacto, estaba allí, de pie, inmóvil  sin saber qué decir pero afectado de verdad, lo noté en sus ojos, ya no era el mismo, se había quedado con un trocito del corazón de Emma; sin duda alguna, el mejor de ellos.

Yo seguía enfadado, sólo quería posar en su cama de sueño eterno un ramo de tulipanes malvas. Un papel arrugado, un papel usado, amarillo por el paso del tiempo, humedecido, escrito una tarde de ya hacía tiempo, lo tiré con ella para siempre. Quise dejarle constancia en aquellos momentos de lo especial que era para mi vida aunque durmiera, estoy seguro de que su alma permanecería conmigo para siempre:

Te miro, sobre todo cuando estás entretenida, sólo entonces puedo hacer que no me importa. En este preciso momento, cuando mi alma perturbada de ti, casi hipnótica, me abandona, se adentra en el color de tus ojos, va paseando tu perfil y, como una esencia, recorre los caminos de tu cuerpo. Hundida en ti descubre secretos aún escondidos para el mundo.

Nadie podrá ver todo lo que yo veo, por que tan solo mi alma guarda el secreto. Luego en la oscuridad de ti, cuando amanece el miedo por tu falta, me gusta recordarte sentada mirando al vacío, mientras que una y otra vez te amo con el mayor de mis silencios, desde la mayor cercanía, pero siempre entre enmudecida delicia que se deleita de los más gustosos sabores; es la vida que elegí por no ser más que tu sombra.

Me di la vuelta, miré hacia arriba entre los árboles, justo cuando el sol daba en su sitio y lancé un beso de amor infinitamente sincero, desde lo más profundo de mí hacia el aire que ella había estado respirando unos días antes. Por cierto, mi nombre es Álex.

 

corazon

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RELATO EN PDF

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2 comentarios:

Pablo de Aguilar dijo...

Me ha gustado bastante en general. Es cierto que, en mi opinión, necesitaría un repasillo. Pero por momentos es muy emotivo.

Felicidades.

Un saludo.
Pablo.

Celia Álvarez Fresno dijo...

Hola. Hoy no he tenido tiempo de leer el relato. La señorita que está de pie es igual que Julia Roberts.
Saludos.