viernes, 8 de agosto de 2008

Carta de un Adiós por Juan Manuel Rodríguez de Sousa

(Aquí se puede leer el cuento en Pdf)

CARTA DE UN ADIÓS

Hola, mi Amor, te escribo esta carta para contarte mil cosas y ninguna que tú no supieras. Ayer mismo, partiste hacia un lejano lugar, me dejaste solo, vacío, sin saber qué hacer, sin saber qué decir.

Querida, ¿te acuerdas de la tarde en la que nos conocimos? Yo estaba tumbado en mi cama, echando una larga siesta y, entonces, noté algo que me palpaba fuerte y decidido. Llenaste el vacío que había en mí. Y eras tú.

Desperté, no daba crédito, ¡cómo osaste! Te untabas en mi piel con todo tu ímpetu, y yo, tan desacostumbrado a los menajes del amor, te odié, te maldije con toda mi alma. Aún así, tú no me dejabas tranquilo, seguías allí, acosándome, distrayendo mis sentidos, atiborrando mi cuerpo. Durante dos días creciste poco a poco. Llegaste a convertirte en una gran bestia dispuesta a sufrir por amor. Simplemente, te enamoraste de mí y, en ese preciso instante, comenzó todo. Intenté expulsarte de mi vida, de mi cuerpo, pero no había manera; te aferrabas como la mejor amante que tuve en mi vida. Y la peor.

Pasaron dos días y te quedaste preñada. ¡Menuda Zorra! Era la excusa perfecta para continuar con tus abusos, para seguir hurgando en mi cuerpo hasta el fondo. Fui al médico, para desearte el fin, para que me dijeran: puedes deshacerte de ella.

Pero no, me dijeron lo que tú más deseabas, lo que tú habías maquinado en tu maléfico plan: con un hijo de por medio no debían desvalijarte, echarte de casa, salir de mi vida. No.

Así que tejí mis propios enredos, una tupida tela de araña para eliminar tus expectativas. Deseaba vengarme, mientras tú dedicabas los días a elegir el nombre adecuado para aquel hijo del demonio. Le llamaste Otitis ¡Cómo no!

Cada vez te odiaba más, cada vez dolías más y Otitis no ayudaba en nada, es más, lo empeoraba. Me propinaba patadas y a veces, hasta me dejaba casi inconciente. Ojalá hubiera sido así durante todas las noches; pero no. La niña lloriqueaba y molestaba todo lo posible durante el sueño, no sabiendo aún lo que significaba la obediencia de un padre y una madre. ¿Pero alguien sabe quién es el padre? Ni yo lo sé.

Sólo me quedaba el sabor amargo y dulce de la venganza. Poco a poco, sin que te dieras cuenta, comencé a envenenar la malvada hija de tu vientre. En secreto, Otitis se desvanecía y no tardó en morir. Me sentía mal, muy mal por matar a una hija: es duro quitar la vida a alguien a quién se la diste. Tú nunca supiste de aquel filicidio que cometí, si te lo digo ahora, si lo confieso, es sólo por ti, porque quiero que me odies, que no me ames, que no sufras en la soledad.

Después de la muerte de Otitis, te quedaste llorando y yo, quizás, arrepentido. Ya no te sentía tanto como el primer día, tu amor se fue apagando, serenando. Estabas triste, muy triste, no tanto por la muerte de tu hija sino porque supiste que en ese momento, justo a partir de ahora, tus días de amante entrometida estarían contados.

Nos acercamos al lugar de nuestra última despedida, era el fin de nuestra relación. Todas aquellas personas te parecían serios abogados especializados en divorcios matrimoniales, ansiosos por conseguir un caso sustancialmente beneficioso. A mí me recordaba a un lugar triste, un hospital donde se huele la enfermedad, el miedo y la muerte. Llegamos a la sala de espera y me senté. Al cabo de un rato, un pensamiento se detuvo, de manera inesperada en mi mente. De pronto empecé a dudar, miré el largo pasillo de salida y ese algo me gritó fuertemente: ¡Sal de allí!

La puerta que daba entrada al despacho me pareció horrible, terriblemente horrible y entonces me di cuenta de todo; poseía tantas ganas de acabar contigo que nunca pensé en si podría llegar a quererte, incluso amarte. Embutido en una larga paranoia, en la obsesión continua de alejarte de mi vida, no me percaté de que siempre estuviste conmigo; tú nunca me abandonaste. Me acompañaste todos los días, y ahora sé y sabré con certeza, que nunca me hubieras dejado solo; aunque mi cuerpo hubiera viajado a los infinitos confines del mundo, tú permanecerías allí, a mi vera. Pero ya era tarde, alguien llamó:

--Rodríguez de Sousa --dijo la doctora. Sin embargo, para ti, aquella mujer no representaba más que al abogado del diablo.

--Sí, soy yo --dije a la vez que me levantaba.

Una mujer me esperaba en el umbral de la puerta, tú empezaste a chirriar con todo tu ímpetu y yo me puse nervioso. Ya no estaba tan seguro de querer hacerlo, pero mientras mi corazón empujaba para prorrumpir corriendo por el largo pasillo de salida, las piernas de mi cuerpo caminaban hacia aquella enfermera con bata blanca y gran jeringa de agua en la palma de la mano.

Tiritando del susto, de una despedida largamente deseada por mí, y que ahora se tornaba espantosa, tan espantosa como lo fue para ti. ¡Tú siempre me amaste!

La doctora accionó la enorme jeringa haciéndote partir de un solo golpe; avergonzada y caída en un barreño de agua, casi muerta y deshecha, nos dijimos adiós. Adiós Tapón de Cera, Adiós. Nunca te olvidaré.

 

 

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Juan Manuel Rodríguez de Sousa.

2 comentarios:

Felisa Moreno dijo...

Bueno Juanma, ya conocía este texto, pero he vuelto a leerlo con interés, hay que ver de que forma puede llegar a obsesionar un tapón de cera, hasta el punto de dedicarle un relato tan bueno como este.
Me ha vuelto a gustar.
Un saludo

Juan Manuel dijo...

Gracias Felisa por el comentario. Sí, la verdad es que el tapón de cera hizo de las suyas y no era para menos, al menos saqué algo positivo de esa "gran experiencia" jaja, Y de todas maneras lo que le pudo pasar al tapón de cera, le pudo pasar a otra ¿no?, (esperemos que no)

Besos,
Juanma